26 marzo 2014

Torreón y la violencia absurda

A veces se vienen rachas de meses en los que la violencia se regresa a lo underground, muertos y balaceras y asaltos y levantones y tiroteos y demás barbaries pasan por debajo del agua. Uno no se da cuenta, o si te das cuenta, no le tomas mucha importancia. Nos acostumbramos a ver este tipo de cosas, y eso no es sano. ¿Pero qué se le puede hacer? O vives preocupado o vives. No caes en la indiferencia, porque la situación sigue pegando, pero ya no te duele tanto. Al menos ese es mi caso (me volví paranoico). Y otras veces, la violencia se deja ver un poco más cerca, como que te dice, no me he ido, putito, ándate con cuidado.
    Hace unos días, a las cuatro de la mañana, mis perras estaban más que alteradas, me despertaron por tanto alboroto. Bajé a ver qué pasaba y escuché gritos en la calle, y como buen morboso, me fui a asomar. Dos morras caminaban descalzas por la carretera y en las casas de enfrente se veía un resplandor; me saqué de onda y entonces abrí toda la cortina para ver mejor. Un tsuru blanco salió a toda velocidad por la privada en la que vivo. Casi arrolla a las dos viejas. Entonces vi que mi vecino de enfrente se asomaba también, y salía a la calle, entonces yo, como buen borrego, salí también.
    Cuando estaba con medio cuerpo de fuera, me di cuenta de que ese resplandor era producido por un carro que se estaba incendiando. Un Mustang de no sé que año. Unos vecinos nuevos lo estaban vendiendo. Todos los vecinos salieron a ver qué pasaba, era mucho el escándalo. Las chamacas gritando, los perros alborotados, las alarmas de otros coches chillando.
    Una patrulla llegó al barrio, pero no hizo nada. Estuve marcando unos 5 minutos a los números de emergencia y nada. Los coches de los vecinos que estaban estacionados a los lados del Mustang (se hace una fila de coches que están casi unos encima de otros, la calle en la que vivo es pequeña) fueron retirados por sus dueños. Las señoras estaban asustadas, Quítense de ahí que va a explotar, válgame Dios, y demás frases de señora decían.
    Al fin llegaron los bomberos. El camión-pipa o como se llame, no cabía de frente por la privada, una vagoneta le cerraba el paso. Así que tuvo que entrar en reversa. Otro espectáculo por la falta de pericia del bombero que conducía y que chocó con un costado de la vagoneta que estaba atravesada. Un policía municipal se acercó para retirar a las personas, caminaba muy chingón con su arma apuntando al suelo, y cuando estaba a unos siete metros del coche en llamas, una explosión sorda se dejó sentir. Una bola de fuego enorme casi abraza al policía que, sin chistar, se regresó a la patrulla con la cabeza gacha.
   Apagaron el incendio, a todos nos consta que fue intencional, los mismos hombres de la lumbre nos comentaron. El coche quedó inservible y la gente se regresó a tratar de dormir unas horas. Casi nadie trata a los nuevos, pero ya andan diciendo las malas lenguas que son los padres de un morro que "anda mal", y como muchos saben, andar mal significa ser drogadicto, o sicario, o secuestrador, o díler, o nomás conocer a uno de los anteriores. 
    Dudo mucho que los nuevos vecinos duren mucho en esa casa, no sólo ya no tienen auto qué vender, sino que se ganaron el desprecio de muchos del lugar. Otro absurdo más que acompaña a la violencia. Además de volvernos inmunes, nos estamos convirtiendo en seres egoístas. Por ejemplo, ese día, el dueño del Mustang caminaba desesperado por la calle. Vio que tomé una foto del incendio con mi celular, y me pidió prestado el teléfono para hacer una llamada. Le dije que no tenía saldo, cosa que no era verdad. Ahora, cada vez que lo veo por la mañana cuando salgo de la casa, pienso en que estuvo bien que no le prestara mi celular, quién sabe en qué ande metido... 


06 marzo 2014

Componte, 2014

Mi papá falleció hace poco más de un mes. Mi sobrino nació hace más de dos meses. Mi papá no conoció a su primer nieto en vivo. El comienzo del año fue muy ajetreado. No aterricé bien lo que estaba pasando, y aún no entiendo muchas cosas. Hace unos diez días fue mi cumpleaños. Compré y me regalé el libro Canción de tumba de Julián Herbert, en cuál relata la historia de su madre: una prostituta retirada; y su camino a la muerte a causa de un cáncer, misma enfermedad que se chingó a mi papá. El libro en verdad logra profundizar en muchas cosas que se viven en los hospitales, y pienso aprovechar eso para en un futuro armar un proyecto con la experiencia que tuve con mi papá. Por lo que vengo aquí a contarles ésto (si es que todavía tengo lectores), es porque me di cuenta de un absurdo: si hubiera leído ese libro antes de la muerte de mi viejo, mi lectura hubiera sido muy diferente. Y me empiezo a creer eso de la dualidad que existe en cosas tan cotidianas como un libro. ¿De qué tantas cosas me he perdido en mis lecturas por no tener tanta experiencia?, no lo sé, pero lo que me queda claro, es que este librito me llegó en el momento indicado y me dio un golpe bajo. Pinche Herbert.